La serpiente en la frente del mundo

Al momento en que el niño nació, la noche reinaba sobre el desierto sin nombre. Y solo el susurro de los grillos parecía hacerse paso por el amplio hueco de la caverna.

Se había consumado.

Lo lavaron. Lo envolvieron… y lo dejaron junto al fuego.

Afuera, un hombre prominente, carente de faz visible, se apoyó en la embocadura. Miró a los padres y asintió. Se quedó ahí un tiempo breve… Se acomodó la túnica, subió al camello, y volvió por donde vino.

Nunca más lo volvieron a ver.

* * *

Lo sacaban fuera cuando el calor cedía. Lo hacían sentarse sobre la tierra y dibujaban círculos a su alrededor.

Al principio miraba como miran los niños. Después comenzó a “ver”. Pero nunca le explicaron nada.

Una vez preguntó cuánto faltaba, pero no obtuvo respuesta. Nadie sabía.

Con los años el niño se volvió cuerpo, y el cuerpo se volvió tradición.

Apareció otro hombre, viejo. No vivía con ellos, pero aparecía. A veces traía algo —una cuerda, una hoja de metal, un odre mejor curtido— y lo dejaba sin decir nada.

* * *

Pasaron más años, los suficientes.

Una noche, el hombre que antes fue niño, soñó. Soñó con una luz en el confín del páramo. Una estrella caía tras la última duna visible. Un estruendo. Y un temblor… seguido de un relámpago que relumbró al mundo.

Al amanecer encontró al anciano, aguardándolo. Le entregó una tela, un cuchillo corto y un odre lleno. Señaló hacia el horizonte, hacia un punto que no podía verse a esa hora, tras aquella duna, la de su sueño.

Su camello estaba listo. Ajustó la carga, tomó la cuerda, y caminó.

Ya no faltaba nada. Era la hora de iniciar.

2

Había visto a la luna nacer y morir dos veces sobre las dunas del destino, cuando la Bestia asomó sus extremidades poderosas. La Criatura creció… y sus ojos rutilaron bajo el manto azul de la noche.

No sintió miedo. Se había preparado para ello, desde que el Sol lo vio nacer. Desenvainó el puñal, y enfrentó al monstruo.

El encuentro fue breve. El puñal desgarró el vientre de la Bestia. El hombre hundió el brazo, hasta el codo. Y la arena alrededor vibró. El ahora Campeón (qué antes había sido niño), alzó el hierro a las estrellas, triunfante. Y las arenas del desierto bebieron de la sangre espesa de la Criatura sometida.

Tras vencer, el hombre limpio el puñal y reanudó la marcha. Victorioso y fortalecido.

3

Semanas sucedieron. Debió prolongar el ayuno. El desierto no cambió después. La arena no conservó memoria de lo que había sido removido.

A lo lejos, con el disco solar en su cenit, una figura irrumpió en el paisaje yermo. Apuró el paso, y la figura creció. Más cerca, la forma reveló su enigma: un rostro, creado en roca antigua.

El hombre afinó su vista. El semblante de piedra tenía los ojos cerrados, y una boca apenas insinuada. En la frente, una marca. La supo reconocer, grabada en el centro de la túnica de su visitante en la cueva.

El camello se detuvo. No intentó avanzar más, y hombre descendió.

Escrutó la pétrea figura, hercúlea y arcana… Sobre sus cejas, una sierpe se engullía, retorcida sobre sí. Abajo, al costado derecho; un dintel de arcilla aguardaba hacia siglos. El hombre no dudo. Y entró.

4

Dentro del colosal rostro primitivo, un conjunto de antorchas en los muros iluminaban el habitáculo. Al fondo, unas escaleras de piedra conducían más abajo. El hombre tomó una antorcha… y descendió por los peldaños de roca gélida.

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