
I
Donde la luz se posa sin ser llamada
La vi una tarde (sin quererlo), de esas cálidas en que el cielo se queda bajo y el aire huele a leña húmeda.
Era joven. Cruzó el camino de tierra como lo hacían todos al salir del colegio: con prisa leve, mirando al frente, ajena a lo que no le importaba. Llevaba el pelo recogido a medias, como si se lo hubiera arreglado sin ganas. Y en la muñeca, llevaba algo que brillaba cada vez que movía la mano.
Eso fue lo primero que noté. Después, lo demás.
No sabría decir exactamente qué tenía. He visto mujeres antes. Muchas. En la feria, en la iglesia, en los patios abiertos cuando tienden la ropa. Todas pasan, todas siguen… Ninguna se queda.
Ella sí. Aquí.
Volvió al día siguiente. De cierta forma la esperaba.
Pasó por el mismo sendero con paso ágil. Pisó casi en los mismos lugares. Se detuvo un instante junto al cerco, apoyó la mano y miró hacia el monte.
No hacia donde yo estaba. Pero no muy lejos…
Desde entonces empecé a fijarme. No todo el tiempo. Pero su piel, su cabello… Fue de a poco… sí.
Aprendí sus horas sin si quiera proponérmelo. A qué hora salía de casa. Cuánto demoraba en volver. Y qué días se quedaba más rato afuera, cuando no tenía apuro.
Muy pocas veces caminaba despacio, arrastrando apenas los pies, solo cuando estaba agripada. Pero casi siempre, ligera y vital.
Y ese gesto que tenía… ese de recogerse el pelo con ambas manos, dejando el cuello descubierto por unos segundos… me cautivaba. Era un gesto simple, lo sé, pero se repetía… y empecé a esperarlo. Todos los días.
Así pasó casi un año. Nunca me vio.
O eso pensé.
* * *
Su casa quedaba un poco más arriba, pasando la colina. Estaba ligeramente ladeada, con las tablas ennegrecidas por la lluvia y el humo. Había gallinas sueltas, y un perro que a veces ladraba al aire (ellos tienen sus motivos).
La ventana del lado norte daba hacia el monte. No estaba bien ajustada.
Nunca lo estaba.
Pasé muchas tardes ahí, mirándola. No tan cerca, pero lo suficiente.
Una día de esos calurosos, salió con una prenda en la mano. La sacudió antes de tenderla. La sostuvo un momento más de lo habitual, como si estuviera distraída o pensando en algo que ocupaba su mente… Desee que fuera en mí.
El sol alcanzó justo a dar en la tela. Era clara, liviana y pequeña. Después la colgó. Yo no me moví, pero sí, la quería para mí.
No era mi intención. Al menos no al principio. Hay cosas que simplemente empiezan, se dan. Como si fuera el orden natural del mundo, yo sé de esas cosas.
Otra tarde se quedó quieta mirando a través de la ventana. Creo que no hacía nada. Solo estaba ahí. Apoyó la mano en el marco y miró hacia el monte. No alcanzó a verme, pero fue suficiente para mí.
Esa misma noche volví. No había nadie afuera.
La casa parecía una tumba, como suelen estar las casas cuando ya todo se ha recogido.
Quizás me acerqué más de lo que debía pero… la ventana seguía mal cerrada. Una rendija apenas. Lo justo… no, no entré.
No todavía.
* * *
Otra noche de esa misma semana, volví.
Me quedé mirando por la ventana. El interior estaba oscuro, pero no del todo. Había una forma sobre la cama. Quieta. Cubierta hasta los senos. Se movía apenas. Podía sentirla respirar.
No, no sé cuánto tiempo estuve ahí ¿Más del necesario? Quizás… pero menos del que hubiese querido.
Antes de irme, volteé hacia la ventana.
No la cerró.
Al día siguiente, cuando pasó por el sendero otra vez, levantó la mano para apartarse el cabello. Hacía calor. La pulsera giró y brilló.
Entonces supe que no iba a bastar con verla pasar.
II
De las cosas que se guardan y las que empiezan a faltar
No, no fue de un día para otro, nunca es así, aunque después así lo cuenten.
Siempre fui discreto, lo saben… intenté ser prudente. Pero… de repente, ya no supe en qué momento… bueno…
El camino que ella tomaba no cambiaba. Bajaba siempre por la huella que corre hacia el estero, ese que, dicen, termina juntándose con el río Rahue más abajo, donde el agua se vuelve más ancha y más opaca.
La tierra ahí es blanda, deja marcas. Pero aprendí a no dejar las mías, hace años.
La casa (vista desde cerca), tenía más grietas de las que parecía tener desde el árbol. Desde donde siempre miraba.
La madera estaba hinchada por la lluvia. Los clavos oxidados que ya no afirmaban como antes. Y la ventana —la misma— no cerraba del todo, aun cuando la empujaban con fuerza.
Nadie se daba cuenta. O, simplemente, no querían darse.
La primera noche que apoyé la mano sobre el marco, no había luna…
Había esperado por horas… agazapado tras un arbusto.
El perro no ladró. Eso me llamó la atención. No quiso salir de su casa en el patio… y eso que no estaba amarrado.
Entré.
Todo parecía estar en su lugar (o como debía, creo). La mesa limpia. Una silla mal acomodada. Un abrigo colgando donde no debía.
Y ella.
Dormida.
Estaba de lado, con una mano bajo la mejilla y la otra afuera, sobre la frazada. La pulsera seguía ahí. Fascinándome.
Me acerqué lo suficiente para verla bien. De cerca las cosas cambian. Eso lo sabía bien.
No pensé en nada especial.
No hubo decisión.
Fue casi sin mediar pensamiento…
Tomé la pulsera.
Me era hipnótica. No lo entenderían.
Ella se acomodó. Fue un gesto mínimo, pero… no despertó.
La observé unos segundos más. Por… ¿costumbre?, quizá. Acto seguido, respiré su aroma… me supo a gloria.
Salí por donde mismo, sin hacer ruido. Y guardé la pulsera en un lugar invisible para ella (y los demás). Hay sitios para esas cosas.
A la mañana siguiente, ella salió de la casa y bajó por el sendero de siempre. La noté más cansada que de costumbre.
Desde el árbol atisbé su muñeca. Vacía, como yo quería. Era mi presencia sobre ella.
* * *
Tras mi hazaña (a la noche siguiente), volví.
La casa estaba igual, las mismas cosas (aquí y allá)… y el mismo aroma a castidad. El de ella. Pero.. yo ya no era el mismo que la noche anterior.
Entré sin escrúpulo esta vez. Más seguro. Más… confiado. Lo de la noche anterior no había sido solo la pulsera. Había conquistado un territorio. Así lo sentía.
No fui directo a ella, quise recorrer primero. La mesa, los cuadros, las figuras de yeso en los estantes. Todo tenía algo suyo, pero no era suficiente para mí.
Volví a su habitación. Y en esos cajones (donde guardan lo que no se muestra), fue donde encontré lo otro. Estaba dobladо. Separado de la ropa común. Había más de uno, pero acaricié el que ya había visto, el otro día, en el tendedero.
Lo sostuve. Era liviano. No sabría decir por qué, pero supe que era cercano. Más cercano que cualquier otra cosa, tenía un emanación íntima.
* * *
Al día siguiente, ella no salió a la misma hora de costumbre. Cuando finalmente apareció, caminó más lento. Como si algo le pesara. O bien, le faltara.
Al volver, no pasó de largo frente a la ventana. Se detuvo. Apoyó la mano en el marco… y miró hacia el árbol. No hacia mí, pero casi me rozó esta vez.
Desde entonces, empezó a dejar cosas.
Y yo entendí.
III
Donde el cuerpo cede y la voz ajena nombra
Al principio nadie lo notó. Ni en la casa, ni en el camino, ni en la feria de los domingos donde todo se comenta y nada se entiende del todo.
Pero yo sí.
Dejó de caminar igual. Parecía cansancio, sí, pero no era solo eso. Había lago más (o menos), en su cuerpo frágil.
Aun así, salía. Aun así, volvía.
Y a veces —no siempre— se detenía frente a la ventana. Y se volvía hacia el árbol.
No podía ser casualidad.
La dejaba entreabierta algunas noche, solo lo justo. Y entrar se volvió sencillo. Tal vez demasiado, pero jamás sospeché nada de lo que vendría.
Ya no recorría la casa como antes. Iba directo.
Ahora ella dormía más (o eso parecía), pero su respiración había cambiado. Ya no era profunda. No era ajena, como si ya no fuese de ella.
Me acercaba. Sin tocar. Nunca como ustedes entienden tocar.
Sentía que su respiración se diluía con la mía.
Una noche abrió los ojos… aunque no del todo. No apartó la vista. Solo respiró, más lento. Giró un poco el rostro hacia donde yo estaba, pero no dijo nada.
Desde esa noche, ya no hubo duda. Empezó a apagarse.
Primero fueron detalles pequeños. Se le caían cosas de las manos. Se quedaba mirando a la nada. Olvidaba lo que iba a hacer… Es cierto, no podía seguirla más allá de mis dominios, pero de algún modo, lo sabía.
Después fue el cuerpo.
En la casa comenzaron a darse cuenta. Pero hablaban en voz baja. Como si “decirlo” empeoraría todo, como evitando que alguien ajeno fuera a escuchar.
Yo seguí yendo.
* * *
La última noche no hubo ventana que franquear. La puerta estaba abierta.
Había luz dentro.
Voces.
Pasos.
Entré igual. Nadie me vio… me oculté a un costado de la chimenea.
Estaban todos alrededor. La madre. Un hombre alto y arrugado. Una mujer que sollozaba, sin ruido, y un par más.
Ella estaba en la cama. Inerte.
—No estaba enferma —dijo la madre, de pronto—. Esto no es cosa de enfermedad.
—Se fue apagando no más —respondió el hombre, mirando al suelo—. Día tras día… como si algo la chupara.
Nadie habló por un momento.
—Yo le dije —murmuró la otra mujer—. Esa niña andaba con la ventana abierta en la noche…
—¿Y qué tiene? —dijo otro, más joven.
La mujer no respondió de inmediato.
Se persignó primero.
—El monte no es cosa sola —dijo al fin—. Hay cosas que se encariñan… y después no sueltan.
—Acá siempre se ha sabido —agregó el hombre mayor, bajando la voz—. A las cabras jóvenes… las miran.
Se inclinó un poco, como si temiera que alguien más escuchara.
—Son duendes… —susurró—. Cuando se les da por una, la siguen… y la van gastando.
Nadie volvió a hablar.
Me fui.
No entendieron. Nunca lo hacen.
Ella no se resistió.
Fue dejando.
De a poco… sí… Primero la ventana.
Después…
Todo lo demás.

0 comentarios