
1
Del niño y la sombra
«No lo vi morir, es cierto, muy pocos lo hicieron… pero lo supe antes de que alguien lo dijera.»
* * *
En aquellos tiempos, en que vivir era resistir. Cuando aún el nombre de Herodes el Grande pesaba como una roca sobre todos los pueblos de la región… y los caminos de Judea no eran más que estrechos surcos de polvo, bajo un sol ígneo e inmisericorde… yo lo conocí.
No como lo conocerían años después, entre multitudes y agua. Fue mucho antes de que las voces se levantaran junto a él, cuando aún éramos niños que jugaban entre las higueras torcidas y los senderos ardidos y pedregosos de Ein Kerem. Fue ahí, donde las mujeres molían el grano con paciencia antigua y los hombres discutían la Torá al caer la tarde.
Ya en esos lejanos días, el nombre de Juan se pronunciaba con un cuidado advertido, casi siniestro para algunos.
Su madre, Elisabet, no salía mucho. Decían que el niño había saltado en su vientre al escuchar la voz de otra mujer. Yo no entendía de esas cosas, aunque la vi una vez. Estaba apoyada en el marco del pórtico, con una mano apoyada en su vientre. Era joven y de mirada cálida. Con un cierto nerviosismo, inconfesable al mundo.
—No te acerques demasiado —me dijo mi padre, serio—. No querrás compartir su carga.
No le hice caso. Ya tendría la mía, aunque no lo sabía en ese entonces.
Juan no jugaba como los demás niños, parecía alertar algo en el aire que nosotros no. A veces, en medio de la carrera, se detenía… y giraba bruscamente la cabeza, como si alguien le hubiese hablado desde atrás… pero no había nadie.
—¿Qué oyes? —le pregunté una tarde.
El me miró con una seriedad impropia.
—No es un sonido —dijo—. Es como si recordara algo que aún no ha ocurrido.
Titubeé…
Arranqué una hoja seca y la deshice entre los dedos. Juan miró al cielo, como buscando algo sin nombre entre las nubes.
Desde ese día, me senté más cerca de él.
* * *
Había un pozo a las afueras del poblado, donde las mujeres iban al salir el alba. Nosotros íbamos después, cuando el sol ya comenzaba a alzarse como un disco blanco sobre las colinas distantes. El agua ahí era fría, más que en otros lugares de la zona. Se decía que venía de una veta profunda, antigua… se decían muchas cosas de esas.
Juan solía inclinarse sobre el brocal. En plena mudez… fijando la vista.
—No mires tanto —le dije una vez—. Por más que mires tu cara no se arreglará.
Sonrió quedamente, por amabilidad.
—No me veo a mí.
—¿Qué ves entonces?
Su mirada seguía fija en otro lado.
—Algo que espera… creo.
Arrojé una piedra a la nada y no volví con eso.
* * *
Cuando el calor cedía, los ancianos leían fragmentos de la Ley. A veces en hebreo, a veces en la lengua común, para el resto. Yo me aburría, Juan no. Él parecía interesado. Permanecía yerto, con ojos fijos… absorto en la Palabra. Como si cada revelación dicha se tallase nuevamente en la arcilla, y se grabara en algún sitio en su interior, que no podía nombrar. Ni él, ni nadie… quizás.
Una noche, el viejo Eleazar recitó:
שְׁמַע יִשְׂרָאֵל יְהוָה אֱלֹהֵינוּ יְהוָה אֶחָד
Shema Yisrael Adonai Eloheinu Adonai Ejad
“Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es.”
—Deuteronomio 6:4
Todos (hasta donde alcanzaron a escuchar), inclinaron la cabeza. Juan no lo hizo. Levantó la vista hacia un rincón apartado de la sinagoga, y dijo en voz baja:
—¿Y si no es uno?
El templo se detuvo…
Eleazar lo observó un rato largo… y cerró el rollo.
—Olvida eso Juan —dijo, amable y firme a la vez.
Juan no volvió a abrir la boca esa noche (eso aún podía decidirlo). Lo vi después, sentado solo, dibujando líneas en la tierra con un palo, como si intentara dibujar algo invisible, sin cuerpo.
Me senté en una roca junto a él.
—No deberías decir esas cosas —le dije.
—No las digo yo —respondió rápido.
—Entonces, ¿quién?
Se encogió de hombros.
—Alguien que sabe cómo suenan antes de que yo las piense.
* * *
Con el tiempo, empecé a notar que Juan posaba su vista en mí de un modo diferente cuando hablábamos, como esperando que le ofreciese algo… alguna respuesta, alguna alternativa, alguna salida, que proviniera de mí. No lo comprendía, sólo era… algo más allá, ocultándose, de mí… de nosotros… de todos.
No me desagradaba. Había en eso una especie de cercanía que no tenía con los otros. De cierto modo… me igualaba.
Una tarde, mientras recogíamos ramas secas, le dije:
—Si no quieres hacer algo… no tienes por qué hacerlo.
No levanté la vista al decirlo, seguí en lo mío.
Él dejó caer las ramas.
—¿Eso crees? —dijo, volviéndose hacia mí.
—¿Por qué no? —respondí—. ¿Quién podría obligarte?
Él no dijo nada, pero se puso pensativo.
—Si uno ha sido llamado…
—Llamado no es lo mismo que cautivo —dije, casi sin estimar.
Giró su cuerpo pleno hacia mí, y sus ojos atravesaron los míos con sobriedad, sin miedo, sin duda ni alivio. Algo inasequible de reconocer en mi razón pueril… algo más Antiguo, más Alto.
—A veces —dijo—, tus palabras se adelantan a las mías.
Reí, incómodo.
—Porque hablas poco.
Pero él no rió.
* * *
Así pasaron los años y la estaciones.
Los rostros siguen su curso, y cambian sin que uno lo note, hasta que un día, llanamente, ya no son los mismos.
Juan creció alto, más que la mayoría. Su cuerpo se volvió enjuto y seco, como si el alimento común le enfermara. Había en él una especie de tensión infinita, como la cuerda de un arco que nadie quiere soltar para no desatar una guerra.
Yo me quedé cerca, siempre cerca. No lo decidí, pero siempre estaba ahí, a su lado.
A veces pienso —y esto lo digo ahora, con el peso de lo que vino después— que nunca tuve que buscarlo. Que siempre supe dónde hallarlo, incluso antes de que él llegara. Pero en ese entonces no lo pensaba, en ese entonces solo era su amigo. O eso creía.
Hay recuerdos que cambian con los años, se deforman, se suavizan, se superponen, se pierden en la memoria. Este no. Aquella vez, Juan dudó en voz alta de aquello que todos esperaban de él. No fue en el desierto, ni ante multitudes. Fue ahí, entre las piedras y los surcos, con las manos sucias y el sol cayendo, incandescente y poderoso sobre Judea.
—Si pudiera elegir —dijo—, no sería esto.
—No lo seas —respondí.
No hubo trueno… no hubo señal, solo un viento inquieto entre los olivos. Y, por un instante, algo parecido a un gesto de alivio cruzó su rostro.
No supe entonces qué había hecho.
O quizá sí.
2
Del desierto y la voz que no cesa
Juan se fue sin despedirse, ni siquiera de mí. Una mañana, simplemente, ya no estaba.
Su madre apenas lo comentó… y su padre, nunca dijo nada. En el pueblo, algunos recurrentes asentían como si lo hubiesen esperado; otros eludían tocar el tema, como si solo nombrarlo pudiera traer de vuelta algo que no debía estar ahí con ellos.
Yo no pregunté, sabía dónde buscarlo… siempre.
* * *
Debo decir que el desierto de Judea no es un lugar para los que dudan del cuerpo. Allí, en lo alto, el orbe rojo domina sobre la roca ardiente.
Lo encontré después de tres días de camino, más allá de donde las cabras suelen perderse y los pastores dejan de silbar. Ahí estaba, de pie, mirando hacia el extremo sempiterno del desierto.
Intenté no hacer ruido al acercarme, pero…
—Sabía que vendrías —dijo, sin girarse.
—Eso dices ahora.
—No —respondió—. Lo sabía antes.
Algo en él había cambiado… no era solo su rostro. Era, algo más… como si hubiese comprendido algo, algo que no debía aún proclamar.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté.
—Escucho.
—Aquí no hay nada que oír.
Volteó hacía mí con decisión.
—Lo hay —me respondió, áspero—. Pero no es fácil de entender.
* * *
Su vida en el desierto no tenía la lógica natural de los hombres. Comía lo que encontraba: raíces, algún fruto seco, insectos que trituraba sin asco. Bebía poco y dormía menos. A veces pasaban días sin que pronunciara palabra alguna… callado. Tal vez intentando escuchar. Yo intenté seguir sus modos.
Cuando hablaba, ya no era como antes. Algo en él… se había transformado.
—El camino está cerca —decía al horizonte vacío—. Preparadlo.
No había multitud. Solo yo.
—¿Para quién? —le pregunté una vez.
No respondió de inmediato.
—Para Aquel que viene.
—¿Y tú quién eres entonces?
Tardó en decirlo.
—No lo sé, solo… espero.
Un viento calmo (y sin procedencia) levantó algo de arena entre nosotros.
—Me gusta —le dije—. Saber demasiado aprisiona.
Frunció el ceño… algo contrariado.
—No se trata de saber, se trata de servir.
—¿Incluso si… no quieres?
Bajó la mirada…
—De eso va todo.
Luego guardó silencio… y no volví a preguntar.
* * *
Con el tiempo algunos comenzaron a llegar. Hombres del valle, mujeres con cántaros, ancianos que caminaban apoyados en bastones torcidos, incluso niños con sus madres. Venían atraídos por murmullos, por rumores en el viento, por palabras que nadie recordaba haber escuchado completas, pero que todos repetían, en una esquina, en el mercado, en los senderos no tan transitados, ahí había siempre… alguna señal, alguna palabra… algo, que los conducía al desierto.
Juan hablaba. Y cuando hablaba, algo en ellos cambiaba.
—Convertíos —decía—, porque el Reino se acerca.
Yo los observaba de lejos, a todos ellos. Sus rostros húmedos, sus manos temblorosas. Había en esa entrega algo que siempre me había parecido… excesivo, aún ahora.
—¿Por qué te escuchan? —le pregunté una noche.
El fuego era débil, apenas una llama sostenida por los últimos palos.
—Porque hablo la Verdad.
—¿Quieres decirla?
Me miró, cansado.
—No puedo elegir eso.
—Siempre se puede elegir —respondí, arrojando una hoja seca al fuego—. Incluso no hablar.
El crujido de la madera en el fuego fue la única respuesta durante un rato…
Luego dijo:
—Hay días en que deseo callar.
—Entonces hazlo.
—Y si al callar… fallo.
No supe qué decir. O quizá sí.
—¿Fallar a quién?
El fuego se inclinó con un viento suave, y cálido.
—A Aquel que me envió.
—¿Fue Él?
Juan apretó los labios, como conteniendo algo.
—No digas eso —dijo luego, quedo.
—¿Por qué no? —volví—. ¿Te has preguntado alguna vez si esa voz… podría venir de otro lado?
Se levantó, caminó unos pasos… y se detuvo.
—No.
Pero no sonó convencido.
* * *
Unos días después lo encontré junto a una hondonada, donde el suelo se abría como una herida remota… olvidada. Estaba de rodillas, y con las manos hundidas en la tierra caliente.
—A veces… —dijo sin mirarme—, hay otra voz.
Fue extraño pero… no me sorprendí.
—¿Y qué dice?
—Nada claro. No me ordena, no me exige.
—¿Te inquieta?
—Sí.
Me senté a su lado y le toqué el hombro.
—Debería tranquilizarte.
Negó con la cabeza, encogidamente, con reserva.
—No. Porque esa voz… me entiende.
“Otro” viento bajó desde las colinas, arrastrando ahora un olor seco, casi metálico.
—¿Y la otra no?
—La otra… —dudó— me pide todo.
Aguardé sin pronunciar palabra.
Luego dije:
—Tal vez una pide lo que quiere de ti. La otra, lo que tú quieres de ti mismo.
Juan me miró como si esa idea le resultara turbia… peligrosa.
—Sería peor.
—¿Por qué?
—Porque entonces… no habría a quién culpar.
Sonreí… pero no supe muy bien por qué.
* * *
Una tarde, un grupo más numeroso llegó desde el valle. Traían preguntas, culpas, historias que necesitaban ser lavadas de algún modo. Juan los condujo hacia el río.
El Río Jordán corría bajo un cielo sin nubes, espeso, casi inmóvil en su superficie. El agua tenía ese color borroso que no refleja, más bien digiere.
Juan se detuvo en la orilla, con cortesía venerante.
—Aún no —susurró.
—¿Aún no qué? —preguntó uno de los hombres, tapado por la multitud.
Pero Juan no respondió. Miraba el agua como si esperara una señal… algo, que no llegaba.
Yo me acerqué, con pasos mudos.
—Si han venido hasta aquí… no los hagas esperar.
—No es el tiempo —dijo.
—¿Quién dice eso, Juan?
No contestó.
Los hombres comenzaron a inquietarse. Algunos murmuraban, otros se miraban impacientes.
—Hazlo —le dije en voz baja—. No necesitas más que eso.
—No debo.
—¿No quieres?
Juan apretó los puños, como tomando valor.
—No es lo mismo.
—A veces lo es.
El río siguió corriendo… y finalmente, Juan entró en el agua… Uno a uno comenzaron a acercarse, pudorosamente, al principio.
No alzó los brazos al cielo, no habló palabras altilocuentes, ni recitó a Moises. Solo los sumergía, los sostenía un momento, y los dejaba volver a la superficie… renacidos, nuevos… limpios, sin dolor.
Los rostros cambiaban, eso era así, sin duda. No sé era por el agua… o por la necesidad de creer que algo en ellos había cambiado, algo adentro. Y así fue, por horas.
* * *
Esa noche, cuando ya todos se habían ido, nos quedamos solos junto al río.
Juan no hablaba.
—Lo hiciste —le dije.
Asintió.
—Y no debías —añadí.
Cerró los ojos, con sumisión.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
El silencio se alargó.
—Porque por un momento… no escuché la otra voz.
—¿La que prohíbe?
En ese instante vi, por primera vez en su mirada, algo parecido a… descanso.
* * *
Esa noche soñé.
No recuerdo el sueño completo, solo fragmentos. Había una voz que no salía de ninguna boca. Un jardín que no era este desierto y un fruto que… no se ofrecía… pero tampoco se negaba del todo.
Desperté de un sobresalto, Juan estaba despierto, mirándome.
—Soñaste —aseguró.
—Sí.
—¿Con qué?
Lo pensé un momento.
—Con algo antiguo.
Asintió, como si eso bastara.
—Yo también.
3
Del río y el hombre
Aquel día el aire no se movía. No era la calma habitual que ofrecía el desierto, esta vez parecía… inviolable.
Desde temprano habían más que de costumbre. Hombres del valle, las mujeres con sus niños (las de siempre y otras más), algunos fariseos que observaban desde cierta distancia (sin mezclarse), y algunos curiosos. El rumor había crecido: el del hombre en el desierto que limpiaba el corazón.
Juan estaba dentro del agua… purificando.
Sumergía a uno, luego a otro. Como ya lo había hecho otras tantas veces.
Yo permanecí en la orilla. Mirando, sentado en una roca, solo. Esperando algo que desconocía.
* * *
Fue entonces cuando lo vi. No llegó como llegaban los demás. No preguntó, no dudó, no buscó al Bautista con la mirada. Caminó directo hacia el río, sereno, pero sin vacilar.
Sus pies apenas levantaban algo de polvo. Me levanté.
—Ahí —dije, sin darme cuenta.
Juan alzó la vista.
Fue la única vez que lo vi retroceder. Salió del agua por un momento, casi avergonzado.
El hombre descendió por la orilla. El agua le cubrió los tobillos, luego las rodillas. No habló hasta estar frente a él.
—Bautízame.
Su voz era suave, modesta, pero incuestionable… Nadie más habló después de escucharla.
Juan se reusó, meneando torpemente la cabeza.
—Yo… no debería.
El hombre lo miró con ojos cálidos.
—Deja ahora —respondió—. Conviene que así se cumpla.
«Conviene»… Eso me hizo sonreír, sin quererlo.
No me acerqué lo suficiente como para que Juan pudiera oírme, pero alcancé a rozar la orilla del río. Algo indecible me impedía ese día tocar el agua, mis piernas no respondieron.
—No quieres hacerlo —murmuré, apenas audible (aún para mi). Pero un soplo de viento bajó de la colina y movió mis palabras hasta él.
El agua corría por entre sus piernas, más lenta ahora… y con otro color.
—Si hay algo en ti que se resiste… —continué.
—Creo que debo hacerlo.
—¿Y si te equivocas?
—No… no me equivoco en esto.
El hombre seguía frente a él. No intervenía, no urgía, no decía nada… solo esperaba, impasible. Hincado frente al Bautista.
Como un relámpago vino a mi lo que Juan me había dicho de niño. Aquella tarde, junto al pozo.
“Es como cuando uno recuerda algo que todavía no ha ocurrido.”
Esperé un nuevo soplo de ese viento, de ese hálito… y abrí la boca:
—Esto ya ocurrió —le dije—. Y ya elegiste.
—No hables.
Fue la primera vez (en todos esos años), que me pidió silencio. No le hice caso.
—¿Ves en él certeza… o necesidad?
Juan bajó la mirada.
Sus ojos se detuvieron en el rostro del hombre. No sé lo que vio, pero esquivó todo de mí.
—Yo debería ser bautizado por ti —dijo Juan finalmente—. ¿Y vienes tú a mí?
El hombre no respondió de inmediato.
Luego dijo:
—Deja ahora.
Otra vez esa palabra.
Ahora.
Parecía que todo dependía de aquel instante. Después… ya no sería posible.
El cielo seguía templado, quieto… no habían nubes… ni un ave hasta donde alcanzaba la vista.
—¿Lo harás? —susurré.
No sé si me oyó. O si ya no hacía falta.
Juan levantó las manos… le temblaban. El hombre inclinó la cabeza sobriamente, como quien acepta algo que ya le es propio.
Fue ahí, cuando todo se volvió más lento. De pronto, nadie más existía… ni si quiera yo. Solo ellos… y el río en sigilo.
Juan lo tomó por los hombros. Lo sumergió. No hubo luz, ni temblor. Solo el agua cerrándose sobre ambos cuerpos. Nada más.
Luego el hombre emergió. Nada ocurrió. Y, sin embargo, todo había ocurrido.
El hombre salió del agua… si decir nada. Y pasó junto a mí, sin mirarme.
* * *
La multitud comenzó a moverse, el sonido del rio creció y volvieron las voces bajas, los rezos y las súplicas. Algunos se arrodillaban, otros discutían en voz baja. Nadie parecía comprender del todo lo que había presenciado, pero algo… se había transformado.
—Lo hiciste —dije.
Juan no respondió.
—Ahora lo sabes.
—¿Qué cosa?
—Que podías no hacerlo.
—No.
—Siempre pudiste.
* * *
Esa noche no hubo fuego. Sentí el cansancio sobre mis huesos… y nos sentamos en la oscuridad de la cueva. El río sonaba más fuerte que de costumbre. O tal vez nosotros escuchábamos distinto, después de…
—Había otra voz —dijo Juan.
—Siempre la hay.
—Esta vez… era distinta.
Esperé.
—Me dejaba elegir.
—¿Y eso… te asustó?
—Sí.
—¿Por qué?
Me miró, pesaroso.
—Porque elegí.
* * *
No volvimos a hablar esa noche, pero no pude conciliar el sueño. Había algo en el aire… No, en el cielo… No. ¿En la tierra? No, en mí. Una seguridad que aún no tenía forma. Una memoria que no recordaba haber vivido, algo que resonaba en mi interior… un eco. Como si una voz hubiera pasado a través de mí… y yo la hubiese reconocido.
A la mañana siguiente, Juan no estaba en el río. Como nunca, no predicó, no convocó a nadie. Solo tomó un palo y se sentó lejos, sobre una roca, mirando hacia el horizonte con ojos inquietos.
No me acerqué… No supe qué decirle.
4
De la cabeza y la memoria
No lo vi morir, es cierto, muy pocos lo hicieron… pero lo supe antes de que alguien lo dijera.
Fue al caer la tarde. El cielo tenía ese blando color apagado que antecede a las noches sin luna. El viento estaba ausente, como aquel otro día en el río. Y sin embargo, algo se había transfigurado. No solo en el mundo. En la dirección de las cosas.
Juan había dejado el desierto hacía unos días. Ya no hablaba como antes. No llamaba, no reunía, no había más glorificación en sus palabras breves. Su voz ígnea y entusiasta (como el Sol), esa que antes parecía empujar a los hombres hacia algo, ahora se había replegado, como si hubiese alcanzado una frontera… un límite preeminente que no podía cruzar.
—¿Te arrepientes? —le pregunté la última vez que lo vi.
Curvó su cuerpo, visiblemente agotado.
—No —dijo finalmente—. Pero entiendo.
—¿Qué cosa?
—Que no todo lo que se cumple… debe cumplirse.
No supe si aquello era claridad… o derrota.
—Aún puedes —le dije—. Siempre.
Negó gravemente.
—No esta vez.
* * *
El rumor se esparció desde el norte, arrastrado por decenas (quizás cientos) de voces que no se detenían a explicar, porque ningún judío podía saber los pormenores. Se decía de un banquete, una promesa, una danza, un juramento mal pronunciado, o demasiado bien cumplido.
Y luego, la espada.
Todo se había consumado, para él.
* * *
Caminé hasta donde decían que habían llevado su cuerpo. Ya no había multitud. Solo algunos hombres que evitaban mirarse entre sí, como si compartir la escena los volviera responsables, cómplices… de algo que no llegaban a descifrar del todo.
Lo vi. El cuerpo primero. Luego… lo otro.
Me acerqué. Había algo en su rostro —o en lo que quedaba de él— que no había visto antes. Como si, al fin, ya no tuviera que elegir.
* * *
Me senté a su lado. No recuerdo cuánto tiempo. El mundo continuaba… siempre lo hace, incluso cuando no debería.
—No debió terminar así —me dije en voz baja. Pero la frase se sintió ajena, impropia. Como si no fuera la primera vez que la decía.
* * *
Esa noche me olvidé del refugio. Solo me alejé de los hombres, de las luces, de las voces que intentaban reconstruir lo ocurrido con palabras torpes y vagas. Caminé hasta que el terreno volvió a ser piedra, hasta que el silencio dejó de parecerme vacío.
El aire era distinto. O quizá era yo.
Cerré los ojos. Y entonces… no recordé como hombre. Ese eco… (de nuevo). Un jardín. No este desierto antes de ser desierto. Otro… más antiguo. Cuando la tierra aún no estaba rota.
—“No moriréis”.
Un viento retorcido se acomodó entre las piedras (a unos pasos de mí).
Esas palabras no las oí. Las dije. No en ese momento.
Antes.
Siempre antes.

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