
★★★☆☆
Cuando un director como Ryan Coogler —consagrado por títulos como Estación Fruitvale, Creed y Black Panther— decide embarcarse por primera vez en un proyecto en que escribe, dirige y produce, la expectativa no es menor. Lo que se espera es una obra de autor (algo cuando menos digno de interés). Pecadores se presenta, en este sentido, como su primer sermón personal en el púlpito del cine. Lamentablemente, el resultado es una homilía larga, dispersa, visualmente fascinante pero narrativamente extraviada.
Coogler, que suele rodearse de un elenco ya casi familiar (con Michael B. Jordan a la cabeza y siempre dispuesto a entregarse en cuerpo y alma), vuelve a confiar en su actor fetiche, esta vez para el ambicioso reto de interpretar a dos hermanos gemelos de carácter diametralmente opuesto. A ellos se suma el primo Sammie (Miles Caton), interpretado con solvencia, aunque con un material que rara vez le da verdadero margen para destacarse. Sin embargo, si Pecadores pretendía ser una suerte de tragedia gótica racial en clave pulp, entonces la apuesta de casting fue, al menos, valiente.

Ahora bien, empecemos por lo que NO funciona, que es bastante, y es mejor quitarse la espina de una vez. Pecadores tarda una eternidad en encontrar su norte (si es que lo encuentra). La premisa no se vislumbra con claridad hasta que el reloj marca los 40 minutos. Y, para quienes no estamos en un retiro espiritual, eso es pedir demasiada paciencia. La acción no se deja ver sino pasados los 80 minutos, momento en que uno ya ha considerado ir por un café… o dos.
Narrativamente, la película se alimenta sin pudor de fuentes tan evidentes como Abierto hasta el amanecer, La generación perdida o Near Dark, incluso Arde Mississippi (en su parte más dramática), sin lograr convertirlas en una propuesta auténtica y coherente. Lo que tenemos finalmente es un cóctel sin agitar y servido tibio. Ya en su segunda mitad, el ritmo se vuelve irregular, alternando momentos de gran energía con largos valles narrativo.
Y hablando de vampiros: si bien se presentan como la amenaza sobrenatural central, pronto quedan relegados a un rol de caricatura. El clímax, con estos seres de la noche pereciendo todos al salir el sol —como si hubieran olvidado ponerse protector solar factor 1000—, roza lo cómico. ¿En serio pasamos dos horas para llegar a esto? Ni siquiera los villanos del KKK, cuya presencia ofrece una carga simbólica potente, logran establecerse como antagonistas sólidos (que aparecen sólo al principio y al final), y no se elige con claridad quién es su verdadero demonio: ¿los vampiros? ¿los racistas? ¿el guion?
A todo esto se suma una plétora de personajes secundarios presentados con gran pompa y circunstancia, pero que luego desaparecen en el limbo del descuido narrativo. Sirva como ejemplo el grupo de nativos americanos que persiguen al primer vampiro: aparecen con aire de misterio y potencial mítico, para luego esfumarse del relato sin que nadie —ni siquiera el editor— parezca notarlo.


Sin embargo, no todo es lamento y rechinar de dientes. Visualmente, Pecadores es una joya. Rodada en IMAX, con una fotografía que suda belleza, cada plano es un cuadro que uno quisiera colgar en su sala, aunque no entienda del todo qué está mirando. La secuencia del trance musical —un plano secuencia que funde música, historia y delirio estético con sorprendente elegancia— es una de las piezas más logradas de todo el filme. Eso sí, su inserción en el conjunto general resulta algo fuera de tono, como meter a Rick James en una misa evangélica. Genial, sí; pero acorde en matiz estético, quizás no tanto.
Y por supuesto, hay que alabar la actuación de Michael B. Jordan, que se entrega con una intensidad admirable en su doble papel. Su interpretación logra distinguir claramente a los gemelos, no sólo en matices vocales y gestuales, sino en el alma misma de cada uno. Es, en muchos sentidos, el corazón del filme… aunque ese corazón, lamentablemente, no siempre encuentre un cuerpo que lo sostenga con firmeza. Y por otro lado tenemos a Jack O’Connell encarnando al vampiro líder, quien aporta una dosis necesaria de amenaza contenida y carisma retorcido, dotando al personaje de una presencia magnética, casi ritual, que eleva cada escena en la que aparece.

También es destacable el atrevimiento de ubicar esta historia dentro de un contexto histórico de racismo y violencia sistémica. No es común ver películas de horror vampírico que dialoguen abiertamente con la historia negra de Estados Unidos, y en eso Coogler merece aplausos. El problema, claro está, es que el intento de mezclar comentario social, horror sobrenatural, drama familiar, western crepuscular y cine de acción resulta ser una apuesta demasiado ambiciosa para un guion que no logra hilvanar todas esas hebras en un tejido sólido.
Pecadores no es una película aburrida, pese a su prólogo y premisa desnortada. Es más bien una película frustrante, que se siente como tres en una: hermosa pero desordenada, ambiciosa pero descentrada, valiente pero ingenua. Tiene destellos de grandeza, momentos memorables y una estética que seduce, pero al final uno se queda con la sensación de haber visto una obra incapaz de ordenar todas las ideas que intenta poner en juego.
Es el primer plato de autor-autor de Coogler, sí, pero aún está a medio cocer. Esperemos que la próxima cena no esté saturada de ingredientes.



0 comentarios